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Me meto a duchar y te enojas mucho. Llanto y grito desbordante.

Te hablo mientras me apuro, no escuchas, no puedes escucharme desde tu rabia.

Me salgo, seco y visto medio mojada. Sigues gritando y llorando.

Mi propia rabia ya está aquí, la siento en mi piel, en mis manos. Y en mi mente me veo pegándote.

Mi propia pataleta está aquí. Mi instinto dice “ataca o huye”. Decido huir, quedarme a tu lado es peligroso para ti. La rabia la siento en mis manos y la veo en mi mente.

No me dejas huir. Gritas, lloras con más fuerza, me tiras el calzón. Estás absolutamente desbordado. Tu pataleta gigante está aquí.

Te tomo en brazos por amor. Por amor decido quedarme en circunstancias que sólo quiero atacar o huir.

Te tomo y te siento en mi cadera sin mirarte. Siento demasiada rabia para mirarte. Sólo quería ducharme, 3 minutos, ¿No podías esperar 3 minutos?

Siento tu mirada intensa posada en mí. No quiero ni mirarte, pero te miro.

Tu carita expectante e interrogadora. Tu mirada busca contacto y también respuestas.

Encontrarme con tu mirada regula mi propia pataleta, mi rabia y frustración. Ya no quiero huir, no quiero atacar, quiero quedarme contigo, y responder con sensibilidad a lo que sientes.

Te miro, saco la dureza de mi cara y te sonrío. En un segundo, cambias tu mirada, la relajas y ya no buscas respuestas.

Apoyas tu cabeza en mi hombro y sollozas acurrucado.

Y pienso, ¿Por qué no te acogí antes? ¿Por qué no fui más oportuna al responder? ¿Por qué no acompañé tu pataleta desde el principio?

Y me respondo, porque sentí rabia de no poder ducharme, porque me frustré que no me escucharas. Porque me enojó que te enojaras. Porque mi pataleta no dejó espacio para regular la tuya.

Sentémonos mejor, acurrucados. Respiremos al mismo compás.

Y reflexiono, lo mismo que me da vueltas siempre, ¿Por qué no te dicen que siempre, o casi siempre, al acompañar la pataleta de tu hijo deberás también regular la tuya? ¿Y quién me abraza a mi ahora?

Mejor sigamos acurrucados.

Y concluyo, debería existir una playera que diga “Abrázame, tengo un hijo de 2 años”.

 

Autor: Blanca García

Extraído de 9 Lunas

En el parque un día, una mujer se sentó al lado de un hombre cerca de un patio de recreo. “Ese es mi hijo, el que esta ahí,” ella dijo, apuntando a un pequeño niño de camiseta roja quien se estaba tirando de la resbaladilla.

“Es un niño muy bonito” el hombre dijo. “Esa es mi hija en la bicicleta con el vestido blanco.” Entonces, mirando a su reloj, el llamo a su hija, “¿Cuando nos vamos Daniela?” Daniela le pidió, “Solamente cinco minutos más, por favor Papá? “Solo cinco minutos más.” Su papá dijo que si y Daniela continuo en su bicicleta feliz.

Pasaron los minutos y el papá se paro y la llamo de nuevo. “Ya nos podemos ir?” De nuevo Daniela le suplicó, “Cinco minutos más, Papá, solo cinco minutos mas.” El hombre sonrió y dijo, “esta bien” “Ciertamente tu eres un papá muy paciente”, la mujer respondió.

El hombre se rió y dijo, “A su hermanito mayor lo mato un chofer borracho el año pasado mientras el estaba en su bicicleta cerca de aquí. Nunca pasaba mucho tiempo con él y ahora daría cualquier cosa por solamente pasar cinco minutos con Luis. Me he prometido no cometer el mismo error con Daniela.

Ella piensa que tiene cinco minutos mas para montar su bicicleta. La verdad es que, yo tengo cinco minutos mas para verla jugar.

” La vida se trata de hacer prioridades”

¿Cuáles son tus prioridades?. Dale cinco minutos mas de tu tiempo a alguien que quieres…

Un escrito para reflexionar cuantas veces desperdiciamos 5 minutos sin la compañía de nuestros seres queridos.