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La vida está ahí, en ese momento que te pasó de noche porque te parecía común y ordinario.

Como cuando ibas a la Universidad y te quejabas de lo pesado que era la vida de estudiante y ahora ves que tus problemas de entonces no eran nada.

Como cuando tu hijo se sube encima de ti un domingo a las siete de la mañana y tú te molestas, pero cuando es adolescente, entonces extrañas que te busque al despertar.

La vida está ahí, en contemplar las estrellas y la luna sin importar si está llena o no. En ver las montañas o en subirlas cuando tienes la osadía de hacerlo.

Está en la posibilidad que hoy tienes de pensar y decidir.

En ese ir al trabajo del que a veces te quejas pero que cuando no lo tienes, entonces, lo añoras.

La vida está ahí cuando amaneces al lado de esa persona con la que elegiste estar.

Está en los domingos que pasas en familia y te parecen rutinarios, hasta que alguien de esos seres deja de estar y caes en la cuenta que nada ni nadie es eterno.

La vida está en esas noches eternas con los amigos queriendo arreglar el mundo. En esas horas en las que hablar, reír a carcajadas o sentirte escuchado cambiaron tu estado de ánimo y dejaste de ahogarte en un vaso de agua.

Está en los besos, en los abrazos y en las miradas que lo dicen todo sin decir nada.

La vida está ahí cuando cantas sin importar cómo te escuches y cuando bailas sin importar quién te ve.

Está en tus momentos a solas, cuando descansas, y cuando te ríes solo en complicidad contigo recordando algo que sucedió, o cuando te permites llorar, sentir y conectarte con tus emociones.

La vida está ahí en el sencillo acto de respirar, moverte, hablar…

He aprendido que la clave de disfrutar la vida está en que no esperemos mucho de ella o en darnos cuenta que lo “mucho” que tanto esperamos ya lo tenemos, pero nos falta notarlo. En notar que lo ordinario es lo más extraordinario que existe.

Aunque parece que vivir es una costumbre, una de las claves de la vida para en realidad disfrutarla, creo que es nunca acostumbrarnos a ella.

 

 

Alguien le preguntó a un niño: “¿Quién es tu mamá?”. Y él contestó lo siguiente:

“Mamá es esa señora que lleva en el bolso un pañuelo con mis mocos, un paquete de toallitas, un chupón y un pañal de emergencia.

Mamá es ese cohete tan rápido que va por casa disparado y que está en todas partes al mismo tiempo.

 

Mamá es esa malabarista que pone lavadoras con el abrigo puesto, mientras le abre la puerta al perro con la otra, sosteniendo el correo con la barbilla y apartándome del  bote de basura con el pie. También es esa maga que puede hacer desaparecer lágrimas con un beso”.

“Mamá es esa forzuda capaz de coger en un solo brazo mis 15 kilos mientras, con el otro, empuja el carro de la compra.

 

Mamá es esa campeona de atletismo capaz de llegar en décimas de segundo de cero a cien para evitar que me “ruede” por las escaleras. Es esa heroína que vence siempre a mis pesadillas con una caricia. Mamá es esa señora con el pelo de dos colores que dice que, en cuanto tenga un tiempito, va a que se lo arreglen.

 

Mamá es esa cuentacuentos que lee e inventa las historias más divertidas solo para mí. Es esa chef que es capaz de hacerme una cena riquísima con dos tonterías que quedaban en el refrigerador  porque se le olvidó hacer la compra, aunque después ella se quede sin comer.

“Mamá es ese médico que sabe, con sólo mirarme, si tengo fiebre, cuánta, y lo que tiene que hacer para que baje. Es esa economista capaz de ponerse la ropa de hace cientos de años para que yo vaya bien guapo.

Mamá es esa cantante que todas las noches entona la melodía más dulce mientras me abraza un ratito. Es esa payasa que hace que me caiga de risa con solo mover la cara. Es esa sonámbula que puede levantarse dormida a las cuatro de la mañana, mirar si me he hecho pipí, cambiar las sábanas, darme jarabe para la tos y un poco de agua, y todo, a oscuras y sin despertarse”.

“¿La ves? -Si, mi mamá es aquella, la más guapa, la que sonríe-”