Mientras dormías, te di un beso en la frente y respiré cansada.

Te acaricié el pelo y te olí, como hacen los animales con sus cachorritos.

En ese segundo, me volvió el alma al cuerpo.

Recuperé la calma, y así, con la cabeza más cuerda, me arrepentí.

De ese grito, de esa cara de enojada.

De tantas cosas que te había dicho durante el día.

Mientras dormías, me reencontré con la culpa, esa vieja enemiga que tanto conozco y no puedo, todavía, eliminar de mi vida.

Cerré los ojos y respiré profundo.

Me reproché haber perdido, una vez más, la paciencia tan rápido.

Porque en ese instante, mientras dormías, tu berrinche no parecía tan grave, ni tu demanda tan incomprensible.

Con la luz apagada y tus ojos cerrados,

fue tan fácil ver lo chiquito y frágil que eres, y lo mucho que me necesitas.

Rogué al universo despertarme distinta.

Deseé convertirme en una mejor mamá para ti.

Más amable, más paciente.

Y en ese instante, mientras dormías, decidí empezar conmigo.

Me abracé y me hablé con cariño.

«No lo estás haciendo tan mal», me dije.

Y me acordé.

No todo habían sido gritos y retos.

Durante el día también te había dicho que te quería, más de una vez.

Te había abrazado y consolado después de esa gran caída.

Me había sentado en el piso a jugar.

Había tenido paciencia y me había reído.

No siempre, pero sí muchas veces.

Te di otro beso en la frente y respiré, un poco menos cansada.

«Te quiero, siempre», dije en voz baja.

Y esa noche, mientras dormías, me fui de tu cuarto con ganas de volverlo a intentar.

Una mamá cualquiera

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