Tu hija va a expresar sus sentimientos si es que se siente escuchada por ti, va a buscar mejorar día a día si tiene la oportunidad de ver  ese ejemplo de ti, va a caminar viviendo la vida plenamente si le contagias esas ganas de vivir.

Querido papá, tu hija valora ante todo tu opinión (aunque no lo exprese o no lo transmita). Es por eso esencial que tu opinión venga siempre con palabras que den vida y no críticas que destruyan o la hagan sentir menos . Que sea con autoridad y sinceridad pero con tu amor incondicional siempre a la vista, demostrando que tu mayor deseo es su felicidad y crecimiento.

Querido papá, tu presencia desde el instante en que nace tu hija es fundamental, tal vez no eres quien le das el alimento esencial a su cuerpo en los primeros meses, pero sí eres quien puede darle ese alimento al alma que solo puede brindar tu caricia, tu presencia y tu voz grave que dan seguridad y tranquilidad.

Querido papá, muchas veces tu practicidad y tu simpleza masculina puede salvar a tu hija de ahogarse en un vaso de agua de emociones, sentimientos y confusiones. Es sumamente necesario que compartas tu visión simple de las cosas y tu habilidad de darle a cada cosa la importancia que le corresponde.

Querido papá, si bien tu hija necesita un mensaje unido de parte tuya y de su mamá, ¡no necesita dos mamás, sino un papá y una mamá! Por eso sé fiel a ti mismo y regálate lo más posible a tu hija, que ella sabrá valorarlo y agradecértelo porque un papá para una hija es y será una parte de ella misma: ¡está en tus manos que sea una parte llena de amor y luz y gratitud!

Querido papá, vas a ser su primera imagen de cómo un hombre trata a una mujer, por eso sé cariñoso con su mamá, sé respetuoso, muy romántico, agradecido y atento con ella por ser quien es y por lo que hace por tu hija y familia.

En realidad querido papá simplemente eres indispensable para ella, eso nunca lo olvides.

Mientras dormías, te di un beso en la frente y respiré cansada.

Te acaricié el pelo y te olí, como hacen los animales con sus cachorritos.

En ese segundo, me volvió el alma al cuerpo.

Recuperé la calma, y así, con la cabeza más cuerda, me arrepentí.

De ese grito, de esa cara de enojada.

De tantas cosas que te había dicho durante el día.

Mientras dormías, me reencontré con la culpa, esa vieja enemiga que tanto conozco y no puedo, todavía, eliminar de mi vida.

Cerré los ojos y respiré profundo.

Me reproché haber perdido, una vez más, la paciencia tan rápido.

Porque en ese instante, mientras dormías, tu berrinche no parecía tan grave, ni tu demanda tan incomprensible.

Con la luz apagada y tus ojos cerrados,

fue tan fácil ver lo chiquito y frágil que eres, y lo mucho que me necesitas.

Rogué al universo despertarme distinta.

Deseé convertirme en una mejor mamá para ti.

Más amable, más paciente.

Y en ese instante, mientras dormías, decidí empezar conmigo.

Me abracé y me hablé con cariño.

«No lo estás haciendo tan mal», me dije.

Y me acordé.

No todo habían sido gritos y retos.

Durante el día también te había dicho que te quería, más de una vez.

Te había abrazado y consolado después de esa gran caída.

Me había sentado en el piso a jugar.

Había tenido paciencia y me había reído.

No siempre, pero sí muchas veces.

Te di otro beso en la frente y respiré, un poco menos cansada.

«Te quiero, siempre», dije en voz baja.

Y esa noche, mientras dormías, me fui de tu cuarto con ganas de volverlo a intentar.

Una mamá cualquiera

No sé exactamente cuándo te daré esta carta.

Quizás en 10 años o más, quizás un día antes de que te cases con él, lo único que espero es estar viva para vivir ese momento de conocerte.

Puede resultar un poco tonto de mi parte estar escribiendo esta carta, cuando mi hijo es todavía un niño pequeño que se puede quedar dormido a mi  lado con su pijama de dinosaurios.

Pero ya he escuchado y leído bastante que el tiempo pasa rápido cuando eres mamá y que en un cerrar y abrir de ojos, las pijamas de figuras le quedarán cortas, los niños dejan de dormir en la cama de sus papás y en menos de lo que crees se van  a dormir con amigos.

Y en algún momento de su camino, él te encontrará y todo cambiará.

Porque hoy en día  el me escoge siempre a mí, me busca, me pide ayuda, consejos, Yo soy su primera elección.

Está tan acostumbrado a mi que sólo con mis besos de buenas noches son  con lo que se puede dormir, le gusta que lo abrace y le cuente un cuento antes de cerrar los ojos, que le recuerde lo mucho que lo amo.

Aun así  sé, que algún día, él te elegirá a ti.

Te escogerá a ti para pasar sus días, para vivir sus aventuras, para que tú lo acompañes antes de dormir.

Hoy día , sus ojos se iluminan con la fuerza y la luz  de mil estrellas cuando me ven llegar.

Algún día sus ojos brillarán por ti.

Él se memorizará tus manos, tus ojos y tu cara y tendrá fotos de ti en su oficina o los lugares importantes para él.

Hoy yo soy su súper héroe, me pide que haga que deje de llover o que vuelva a pegar la galleta que partió en dos,  un día tú serás su heroína, la que lo haga sentir bien cuando se sienta triste o enfermo.

Hoy yo le estoy enseñando a ser amable, su papá y yo le estamos enseñando a respetar a los demás, a escuchar, a ayudar y saber pedir ayuda. Y sólo espero que, algún día, te honre con ese respeto y amabilidad.

En este momento, su hogar es donde me encuentre a mí,  un día él encontrará un nuevo hogar que será donde tú te encuentres, todo esto estará bien, será simplemente maravilloso.

Es un honor para mí ser la mamá de este pequeño niño, y será un honor conocerte también.

Espero que el mundo sea un lugar mejor cuando él te encuentre y quiero que sepas que si lo tratas bien y lo haces feliz, te amaré sin importar nada.

A ti, la persona que se ha enamorado de mi hijo, prometo enamorarme yo también de ti,  porque solo la persona que ama a mi hijo entenderá lo que hay detrás de esos brillantes ojos como yo lo hago,  esa persona pensará que su voz es adorable como yo lo pienso, sus risas, su forma de caminar y todo él.

Aun así  aunque  lo tenga que compartir contigo, siempre seguirá siendo mi pequeño hijo, es por esto que día a día aprecio cada movimiento, risa, abrazo y beso que recibo de él y  un día, cuando lo ames y él te ame, estaré muy orgullosa,  orgullosa de la persona en la que se ha convertido y orgullosa de la persona con la que ha elegido pasar sus días.

Gracias por amarlo y cuidarlo!! ❤️

Grace González

 

Respira, serás padre o madre toda la vida, enséñale las cosas importantes, las de verdad.

A saltar en los charcos, a observar a los insectos, a dar besos de pajarito y abrazos de osos. No olvides esos abrazos y no se los niegues nunca, puede que dentro de unos años esos abrazos que añoras sean los que algún día no diste.

Dile cuanto lo quieres cada vez que lo pienses, déjalo llorar, llora con él, las paredes se pueden volver a pintar, los objetos se rompen y se reemplazan continuamente, los gritos de mamá y papá duelen toda la vida, puedes lavar los platos más tarde, mientras tu limpias el crece.

El no necesita tantos juguetes, trabaja menos y quiere más y sobre todo….

Respira, serás madre toda la vida.

El solo niño una vez.

 

Me meto a duchar y te enojas mucho. Llanto y grito desbordante.

Te hablo mientras me apuro, no escuchas, no puedes escucharme desde tu rabia.

Me salgo, seco y visto medio mojada. Sigues gritando y llorando.

Mi propia rabia ya está aquí, la siento en mi piel, en mis manos. Y en mi mente me veo pegándote.

Mi propia pataleta está aquí. Mi instinto dice “ataca o huye”. Decido huir, quedarme a tu lado es peligroso para ti. La rabia la siento en mis manos y la veo en mi mente.

No me dejas huir. Gritas, lloras con más fuerza, me tiras el calzón. Estás absolutamente desbordado. Tu pataleta gigante está aquí.

Te tomo en brazos por amor. Por amor decido quedarme en circunstancias que sólo quiero atacar o huir.

Te tomo y te siento en mi cadera sin mirarte. Siento demasiada rabia para mirarte. Sólo quería ducharme, 3 minutos, ¿No podías esperar 3 minutos?

Siento tu mirada intensa posada en mí. No quiero ni mirarte, pero te miro.

Tu carita expectante e interrogadora. Tu mirada busca contacto y también respuestas.

Encontrarme con tu mirada regula mi propia pataleta, mi rabia y frustración. Ya no quiero huir, no quiero atacar, quiero quedarme contigo, y responder con sensibilidad a lo que sientes.

Te miro, saco la dureza de mi cara y te sonrío. En un segundo, cambias tu mirada, la relajas y ya no buscas respuestas.

Apoyas tu cabeza en mi hombro y sollozas acurrucado.

Y pienso, ¿Por qué no te acogí antes? ¿Por qué no fui más oportuna al responder? ¿Por qué no acompañé tu pataleta desde el principio?

Y me respondo, porque sentí rabia de no poder ducharme, porque me frustré que no me escucharas. Porque me enojó que te enojaras. Porque mi pataleta no dejó espacio para regular la tuya.

Sentémonos mejor, acurrucados. Respiremos al mismo compás.

Y reflexiono, lo mismo que me da vueltas siempre, ¿Por qué no te dicen que siempre, o casi siempre, al acompañar la pataleta de tu hijo deberás también regular la tuya? ¿Y quién me abraza a mi ahora?

Mejor sigamos acurrucados.

Y concluyo, debería existir una playera que diga “Abrázame, tengo un hijo de 2 años”.

 

Autor: Blanca García

Extraído de 9 Lunas

 

Los días ordinarios

Si crees que la vida en familia que tienes ahora, la tendrás para siempre, tal vez debas prestar atención a los días comunes, esos que comienzan con cereal y terminan viendo películas.

Entre ellos están los días en que mis hijos jugaban con el perro, comían helado por los cachetes, y se mecían en los columpios. Tardes con manguera y lodo, que los chiquillos terminaban en mi cama, en aquellas noches de cine familiar.

Cuando mi primer retoño lloró en la puerta del kinder, pensé que siempre lloraría al separarse de mí. Pero todo sucede por etapas y a su tiempo. Entonces los problemas nos parecían enormes; las alergias, el partido perdido, peces y hamsters que morían uno tras otro. Pero en general, el mundo en que vivíamos y la familia que construimos, hizo sentir que la infancia era sólida y duradera.

Lo más bello de esa etapa fue mecerlos en mi regazo oliendo a talco y a cabello recién lavado. El beso y la bendición antes de dormir. Dejarlos en su recámara por tan poquito tiempo, por que siempre amanecían en la nuestra.

Me preocupaba que si no les leía un cuento antes de dormir, no los motivaría a leer, y me entristecía si discutían por el turno del juego como si fueran a pelear por el resto de sus vidas.

Todas las etapas llegan a su fin. La pelota deja de volar por el jardín. Los juegos de mesa se llenan de polvo. Regalas la bañera de plástico y ahora esperas horas a que salgan de la regadera.

La puerta de la recámara que siempre estuvo abierta, de pronto un día, se cierra. Un día al cruzar la calle estiras tu brazo para alcanzar la manita que siempre estuvo ahí para agarrar la tuya, y tu chico de trece años camina un par de pasos atrás, pretendiendo no conocerte.

Has entrado a un nuevo territorio llamado adolescencia y no conoces el piso en donde estás parada. El hijo que cargaste y cuidaste se ha transformado en un sujeto jorobado sobre una computadora. Te preguntas si lo estás haciendo bien, pues ya no hay marcha atrás. Te preguntas si podrás sobrellevar el resto del día sin discutir, y acabas agotada recordando aquellos días que parecían eternos y se han esfumado.

Las advertencias y consecuencias ya no funcionan. Las charlas de sobremesa ya no existen. Haces lo que puedes, como puedes: llenas el refrigerador ahora con cosas nutritivas o light, chofereas, negocias permisos, supervisas, asistes a las citas de calificaciones, dejas de asistir a los partidos, e ignoras la recámara que parece haber sido bombardeada! Pues ya no hay orden.

Te piden otra vez dinero. Tratas de no hacer muchas preguntas. Tratas de obtener todas las respuestas, dudas si dijiste o no lo correcto. Vuelves a llenar el refrigerador. Compras pizzas. Te asomas por el balcón a ver la fiesta. Aprendes a textear con ellos. Aprendes a rezar por ellos. Tus noches de sueño ahora son noches de alerta. Te haces experta en leer entre líneas, en interpretar miradas, en determinar olores.

Te dice “qiubo ma” y de pronto estas de frente a una verdad que sabías desde hace tiempo y te negabas a enfrentar. Ahora el joven no necesita, ni que le prepares lunch, ni que le cierres la chaqueta: necesita tu confianza.

Te recuerdas a ti misma que, habrá que dejarlos ir, que son prestados y practicas el arte de vivir el presente. Ahora buscas clases y cursos dónde inscribirte o asistes a todas las juntas de trabajo que antes cancelabas.

Saboreas cada minuto que tienes, aquí y ahora, cenando, cuando se puede con tu familia y diciendo buenas noches en persona. Das el beso en la mejilla y la bendición en la frente, aunque parezca que ya no les gusta.

No podemos cambiar el crecimiento de nuestros hijos, pero podemos cambiar nuestra actitud ante ello, en lugar de decir lo que deberían corregir, piensas en lo superado y logrado por cada uno,festejas sus logros y analizas cómo decirles lo que no deben hacer, porque en cualquier momento vas a estar abrazando a tu pequeño de 1.80 metros de estatura y lo harás de puntitas para decirle al oído que lo extrañarás mientras hace su maestría en otro continente y tienes temor a esta etapa de “dejarlos volar”.

El torbellino de los cajones azotados y los ganchos caídos buscando una sudadera al son de la música estridente, del grito de dónde está cualquier cosa ! se han ido ya.

La casa tiene una nueva clase de silencio. El galón de leche se vuelve agrio. Por fín sobra una rebanada de pastel para tí, pero ya no tienes apetito. Nadie te pide que lo lleves a ningún lado.

Entonces sentada en la mesa del antecomedor,o detrás de tu escritorio, me pregunto cómo es que todo pasó tan de prisa. Mis libreros están llenos de albums con veinte años de fotos: piñatas, premios, partidos y navidades. Sin embargo, los recuerdos que más deseo atesorar; los que desearía volver a vivir, son los momentos que nadie pensó en fotografiar; esos ratos que pasaban a diario entre la cocina y el cuarto de tele. Desayunar cereal en pijamas y acurrucarnos a ver una película al final del día.

Me tomó mucho tiempo percatarme, pero definitivamente lo aseguro, que el más maravilloso regalo que me ha dado mi familia, el que compone mi más grande tesoro, es el regalo de esos preciosos y perfectos días ordinarios.

 

Inspirado en The gift of an ordinary day de Katrina Kenison

 

Se dice que sólo cuatro pedagogos del siglo XX revolucionarion la crianza de los niños. Son el americano John Dewey, el alemán Georg Kerschensteiner, la italiana Maria Montessori y el pedagogo de la entonces Union Soviética, Antón Makarénko.

María Montessori redactó cortos “mandamientos-recordatorio” para los padres de familia. Son sencillos, pero si lo piensas un poco más a fondo, en cada uno de ellos hay gran sabiduría en sólo algúnas palabras.

Los niños aprenden de lo que los rodea.

Si criticas mucho a un niño, él aprenderá a juzgar Si elogias con regularidad al niño, él aprenderá a valorar.

Si se le muestra hostilidad al niño, él aprenderá a pelear.

Si se es justo con el niño, el aprenderá a ser justo.

Si se ridiculiza al niño con frecuencia, él será una persona tímida.

Si el niño crece sintiéndose seguro, aprenderá a confiar en los demás.

Si se denigra al niño con frecuencia, se desarrollará en él un malsano sentimiento de culpa Si las ideas del niño son aceptadas con regularidad, él aprenderá a sentirse bien consigo mismo.

Si se es condescendiente con el niño, él aprenderá a ser paciente Si se alienta al niño en lo que hace, ganará seguridad en sí mismo Si el niño vive en una atmósfera amigable y se siente necesario, aprenderá a encontrar amor en el mundo.

No hables mal de tu niño/a, ni cuando está cerca, ni cuando no lo está Concéntrate en el desarrollo de lo bueno del niño de tal manera que sencillamente no quede lugar para lo malo Escucha siempre a tu hijo y respóndele cuando él se acerque a ti con una pregunta o un comentario Respeta a tu hijo aunque haya cometido un error. Lo corregirá ahora o quizá un poco más adelante Está dispuesto a ayudar si tu niño busca algo, pero también está dispuesto a pasar desapercibido si él mismo ya ha encontrado lo que buscaba Ayuda al niño a asimilar lo que antes no había podido asimilar. Haz eso llenando el mundo que lo rodea de cuidado, discreción, oportuno silencio y amor.

Cuando te dirijas a tu hijo, hazlo siempre de la mejor manera. Dale lo mejor que hay en ti

No traten de disipar mi dolor con grandes regalos y diversiones. Me duele el corazón y éste no sana con risas sino con caricias. Todo lo que necesito es la garantía de que, aunque estén separados, ninguno de los dos me abandonará

Díganme con palabras y actitudes que puedo seguir amándolos a los dos y ayúdenme a mantener una relación estrecha con ambos. Después de todo, fueron ustedes quienes se escogieron mutuamente como mis padres.

No me pongan de testigo, de árbitro ni de mensajero en sus peleas y conflictos. Me siento utilizado y responsabilizado por arreglar un problema que no es mío. Tengan en cuenta que todo lo que hagan para perjudicarse mutuamente, quiéranlo o no, en primer lugar me lastimará personalmente a mí.

No se critiquen ni se menosprecien delante de mí, así todo lo que digan sea la verdad. Entiendan que por malos que hayan sido como esposos, son mis padres y por lo tanto yo necesito verlos a ambos como lo máximo.

No peleen a ver cuál se queda conmigo, porque no soy de ninguno, pero los necesito a los dos. Recuerden que estar conmigo es un derecho, no un privilegio que tienen ambos y que tengo yo.

No me pongan en situaciones en que tenga que escoger con quién irme, ni de que lado estoy. Para mi es una tortura porque siento que si elijo a uno le estoy faltando al otro, y yo los quiero y los necesito a los dos.

Díganme que no tengo la culpa de su separación, que ha sido su decisión y que yo nada tengo que ver. Aunque para ustedes esto sea obvio, yo me culpo porque necesito conservar su imagen intacta, y por lo tanto, el único que puede haber fallado debo ser yo.

Entiendan que cuando llego furioso después de estar con mi padre/madre, no es porque él/ella me envenene sino que estoy triste y tengo rabia con ambos porque ya no puedo vivir permanentemente con los dos.

Nunca me incumplan una cita o una visita que hayan prometido. No tienen idea de la ilusión con la que espero su llegada, ni el dolor tan grande que me causa ver nuevamente que han fallado.

Denme permiso de querer a la nueva pareja de mi padre/madre. Aunque en el fondo del alma me duele aceptarla, yo quiero ganármela para no perder al padre/madre que pienso que me dejó por ella.

No me pidan que sirva de espía ni que les cuente cómo vive o qué hago con mi otro padre. Me siento desleal para con él, y no quiero ser un soplón.

No me utilicen como instrumento de su venganza, contándome todo lo “malo” que fue mi padre/madre. Lo único que con seguridad lograrán es que me llene de resentimiento contra quien trata de deteriorarme una imagen que necesito mantener muy en alto.

Asegúrense que comprendo que aunque su relación matrimonial haya terminado, nuestra relación es diferente y siempre seguirá vigente. Recuerden que aunque la separación pueda constituir para ustedes una oportunidad para terminar con un matrimonio desdichado o para establecer una nueva relación, para mí constituye la pérdida de la única oportunidad que tengo para criarme al lado de las personas que más amo y necesito: mi papá y mi mamá…

El tiempo, poco a poco, me liberará de la extenuante fatiga de tener hijos pequeños. De las noches sin dormir y de los días sin reposo.

De las manos gorditas que sin parar me agarran, me escalan por mi espalda, me cogen, me rebuscan sin restricciones ni vacilaciones. Del peso que llena mis brazos y dobla mi espalda. De las voces que me llaman y no permiten retrasos, esperas, ni vacilaciones.

El tiempo me devolverá el ocio vacío de los domingos y las llamadas sin interrupciones, el privilegio y el miedo a la soledad. Aligerará, tal vez, el peso de la responsabilidad que a veces me oprime el diafragma.

El tiempo, sin embargo, inexorablemente enfriará otra vez mi cama, que ahora está cálida de cuerpos pequeños y respiros rápidos. Vaciará los ojos de mis hijos, que ahora desbordan de un amor poderoso e incontenible.

Quitará desde sus labios mi nombre gritado y cantado, llorado y pronunciado cien, mil veces al día. Cancelará, poco a poco o de repente, la familiaridad de sus piel con la mía, la confianza absoluta que nos hace un cuerpo único. Con el mismo olor, acostumbrados a mezclar nuestros estados de ánimo, el espacio, el aire que respiramos.

Llegarán a separarnos para siempre el pudor, la vergüenza y el prejuicio. La conciencia adulta de nuestras diferencias.

Como un río que excava su cauce, el tiempo peligrará la confianza que sus ojos tienen ante mi, como ser omnipotente. Capaz de parar el viento y calmar el mar. Arreglar lo inarreglable y sanar lo insanable.

Dejarán de pedirme ayuda, porque ya no creerán que yo pueda en ningún caso salvarlos.

Pararán de imitarme, porque no querrán parecerse demasiado a mi. Dejarán de preferir mi compañía respecto a la de los demás (y ojo, esto tiene que suceder!)

Se difuminarán las pasiones, las rabietas y los celos, el amor y el miedo. Se apagarán los ecos de las risas y de las canciones, las nanas y los Había una vez… acabarán de resonar en la oscuridad.

Con el pasar del tiempo, mis hijos descubrirán que tengo muchos defectos y, si tendré suerte, me perdonarán alguno.

Sabio y cínico, el tiempo traerá consigo el olvido.

Olvidarán, aún si yo no olvidaré. Las cosquillas y los “corre corre”, los besos en los párpados y los llantos que de repente paran con un abrazo. Los viajes y los juegos, las caminatas y la fiebre alta. Los bailes, las tartas, las caricias mientras nos dormimos despacio.

Mis hijos olvidarán que les he amamantado, mecidos durante horas, llevado en brazos y de la mano. Que les he dado de comer y consolado, levantado después de cien caídas. Olvidarán que han dormido sobre mi pecho de día y de noche, que hubo un tiempo en lo que me han necesitado tanto, como el aire que respiran.

Olvidarán, porque esto es lo que hacen los hijos, porque ésto es lo que el tiempo elige.

Y yo, yo tendré que aprender a recordarlo todo también para ellos, con ternura y sin arrepentimiento, ¡gratuitamente! y que el tiempo, astuto e indiferente, sea amable con esta madre que no quiere olvidar.

 

(Tomado de  Fb TeAdoré)